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Polan Lacki
¿Lamentar los problemas insolubles o resolver los problemas solucionables? Con base en esta reflexión de Bukharin, pareciera que en la agricultura latinoamericana deberíamos dedicarnos mucho más a la economía que a la política. Deberíamos descartar de plano aquellas seudosoluciones utópicas que apenas contribuyen a confundir a los agricultores y a perpetuar los problemas del agro.
Porque el agobiado sector rural está exigiendo soluciones de verdad y que sean más perdurables en el tiempo; es decir aquellas que, gracias a su factibilidad y realismo, puedan efectivamente ser llevadas a la práctica, por más adversas que sean las actuales condiciones de los productores rurales y de sus respectivos gobiernos.
De poco sirve seguir afirmando a los agricultores que sus dificultades deberán ser resueltas por el estado a través de créditos abundantes y baratos, de la adquisición, refinanciación o condonación de sus deudas, de la concesión de subsidios internos, del aumento del valor del dólar, de la reducción de los impuestos y de los peajes, de la protección contra la importación de alimentos, etcétera y que además nuestros gobiernos deberán exigir la eliminación de las barreras externas y de los subsidios con los cuales los países ricos protegen a sus agricultores.
Por más deseadas y atractivas que sean, en el corto y mediano plazo estas propuestas no serán llevadas a la práctica; entre otras razones porque los endeudados y debilitados gobiernos de los países latinoamericanos, aunque quisiesen no reunirían las condiciones económicas ni políticas para adoptarlas.
En el plano interno, por insuficiencia de recursos para mantener en el tiempo estos mecanismos «perpetuadores» de dependencias; y en plano externo por no tener la fortaleza política para impedir que los países desarrollados continúen subsidiando y protegiendo a sus agricultores.
La adopción de estas medidas es tan improbable que no vale la pena perder tiempo con utopías que suelen ser inspiradas en la ingenuidad o, peor aún, en repudiables propósitos demagógico-electorales. Además de lo anterior, no es esta la principal causa de la crisis del sector agropecuario, sino que las distorsiones descritas a continuación, las que con humildad deberemos reconocer y con competencia deberemos eliminar.
Las ineficiencias del negocio agrícola: ¿contrarrestar sus consecuencias o eliminar sus causas?
En América Latina, el camino cómodo y simplista de querer contrarrestar las consecuencias de una agricultura ineficiente, a través de artificialismos compensatorios está agotado.
Ante esta situación sólo nos queda la alternativa realista de eliminar las causas más profundas de la falta de rentabilidad y de competitividad; y a través de esta medida prescindir de los subsidios que, de antemano sabemos, no serán otorgados por nuestros gobiernos.
Entre estas causas, «eliminables» por los propios agricultores, con la única condición de que estén capacitados y organizados, están las siguientes distorsiones e ineficiencias que ocurren en las fincas y comunidades rurales:
1ª. Ineficiencia. Bajísimos rendimientos por unidad de tierra y de animal, causados muchísimo más por la falta de conocimientos adecuados que de políticas agrícolas generosas. En América Latina los rendimientos promedio en kilogramos por hectárea son los siguientes: arroz, 3,189; frijol, 712; maíz, 3,288; papas, 13,561; soya, 2,472; trigo, 2,090.
En la ganadería vacuna: 4 litros de leche/vaca/día; primer parto a los 42 meses pudiendo ocurrir antes de los 28 meses; intervalo entre pariciones de 22 meses pudiendo ser de 13 meses; tasa de extracción o saca en la bovinocultura de 19%; edad de faena de los novillos superior a los 4 años; producción de 60 kilogramos de carne vacuna por hectárea y por año.
Estos bajísimos rendimientos son el claro reflejo de la ocurrencia de errores, a veces primarios, que ocurren en el proceso productivo. Para corregir muchos de ellos se requiere apenas adoptar, en forma correcta y «gradualizada», tecnologías sencillas que requieren mucho más de conocimientos adecuados que de créditos abundantes, porque dependen mucho más del «cómo hacer» que de «con qué hacer».
En el caso del frijol, al dividir los 712,000 gramos por las 225,000 matas que debería tener una hectárea, se concluye que cada mata de frijol produce aproximadamente 3 gramos lo que corresponde a una vaina con 8 ó 12 granitos.
Lo anterior suele ser consecuencia de que la mayoría de los plantadores de frijol utilizan semillas genéticamente erosionadas y contaminadas con patógenos, no hacen test de germinación ni regulan la sembradora, no siembran en la época adecuada y con densidad y profundidad correctas. No eliminan las malezas en el momento oportuno, no hacen rotación de cultivos y tienen importantes pérdidas antes y durante la cosecha.
En este caso, a excepción de las semillas, todas las demás correcciones dependen apenas de que los productores sean concienciados y capacitados; es decir las correcciones dependen mucho más de insumos intelectuales que de insumos materiales. En este rubro no se puede atribuir la culpa a los subsidios otorgados por los países ricos porque ellos no exportan frijoles subsidiados; tampoco en el caso del café, del cacao, de la yuca y de otros productos que no sufren la competencia de las tesorerías de los países ricos, y sin embargo, en ellos también tenemos problemas de falta de rentabilidad.
Si no podemos aumentar los precios de venta tendremos que disminuir los costos de producción y transacción
No estamos desconociendo que varios países desarrollados con los cuales tenemos que competir subsidian a sus productores, pero tampoco podemos ignorar que otra causa importantísima de nuestra falta de competitividad es que las vacas de ellos, producen en promedio nacional, más de 20 litros de leche al día, que cada hectárea de sus tierras rinde casi 8,000 kilos de trigo, 10,000 kg. de maíz y hasta 49,000 kg. de papas.
Mientras nuestros gobiernos no puedan otorgar subsidios ni impedir que los países ricos sigan haciéndolo, sólo nos queda el camino realista de corregir nuestras propias ineficiencias; si lo hacemos, nos volveremos menos dependientes de los inexistentes subsidios internos y menos vulnerables a los excesivos subsidios externos.
Es con este espíritu de objetividad y de pragmatismo que los agricultores eficientes y exitosos están sobreviviendo en el marco de la globalización y hasta sacando ventajas de las oportunidades que ella ofrece. Ellos «están prendiendo la lamparita en vez de seguir maldiciendo la oscuridad».
2ª. Ineficiencia. Las formas distorsionadas como los agricultores adquieren los insumos y cómo venden sus excedentes. En ambas etapas los productores hacen exactamente lo contrario de lo que les convendría hacer; porque compran los insumos al por menor, con alto valor agregado y del último eslabón de intermediación; pero cuando venden sus cosechas ocurre un giro de 180 grados y lo hacen al por mayor, sin valor agregado y al primer eslabón de la cadena.
Ambas distorsiones son «eliminables» mediante la capacitación y organización de los productores con propósitos empresariales; y no necesariamente a través de nostálgicos e ineficientes intervencionismos estatales en la comercialización. La finca diversificada puede ser la «agencia de desarrollo» de la familia rural
3ª. Ineficiencia. La falta de diversificación productiva; la que además de volver a los agricultores muy dependientes del crédito, los expone a innecesarios riesgos y vulnerabilidades de clima, enfermedades y mercado. Para diversificar la producción agropecuaria se requiere mucho más de capacitación que de complejos mecanismos de intervención estatal, cuyas frondosas burocracias suelen consumir los escasos recursos destinados a la operación de tales mecanismos.
Si los gobiernos no están en condiciones de ofrecer crédito rural, seguro agrícola e insumos a todos los productores, la eficiente diversificación y verticalización de la actividad agropecuaria debería ser el «seguro agrícola» del productor, su «agencia de crédito», su «fábrica de algunos insumos », su «supermercado», su «agroindustria» y la «agencia de empleos» para todos los miembros de la familia durante los 365 días del año.
La diversificación y la gradualidad tecnológica, ya sea horizontal o vertical, son medidas endógenas que liberan a las familias rurales de la dependencia de varias soluciones exógenas y generalmente inaccesibles; muy especialmente del crédito rural cada vez más caro y más inaccesible.
4ª. ineficiencia. La ocurrencia de sobredimensionamientos y ociosidades en inversiones que, en las actuales circunstancias de alto endeudamiento y baja rentabilidad, económicamente no se justifica realizarlas en forma individual o mantenerlas subutilizadas, como por ejemplo: Tractores e implementos que trabajan pocas horas al año, tierras ociosas o con bajísima productividad, costosos equipos e inversiones en riego que no se traducen en altos rendimientos en virtud de graves errores tecnológicos en la conducción de los cultivos y en las técnicas de irrigación.
Juntas de bueyes que comen el año entero pero que pasan mucho más días descansando que trabajando, animales de elevado potencial genético cuyos bajos rendimientos son provocados principalmente por la falta de alimentos que podrían ser producidos en las propias fincas; inadecuada relación sementales/hembras, etcétera.
Hipotéticamente, si en una comunidad existen 10 productores con 5 vacas de leche cada uno no se justifica económicamente tener 10 sementales, 10 establos, 10 máquinas de ordeño, 10 picadoras de forraje, 10 enfardadoras y 10 enfriadores de leche; los bajos precios de la leche difícilmente podrán remunerar estas altas inversiones si ellas son hechas en forma individual.
El asociativismo para lograr economía de escala, reducir costos, incorporar valor a las cosechas, comprar y vender con menor intermediación es el camino más realista cuando los gobiernos no están en condiciones de otorgar subsidios. Si en los últimos tiempos hasta los gigantes de la banca, de las comunicaciones telefónicas, de la industria químico-farmacéutica y agro-química están promoviendo fusiones y formando gigantescos conglomerados, como estrategia para poder sobrevivir en el mercado, con mayor razón deberán hacerlo los minúsculos y frágiles productores rurales.
5ª. Ineficiencia. Los agricultores pobres suelen producir rubros que coincidentemente son adquiridos por los consumidores pobres de las ciudades (yuca, papas, maíz, habas, frijol, calabaza, arroz, camote, etcétera).
Si además de producir pequeñas cantidades de estos rubros poco rentables, son afectados por las distorsiones descritas en los 4 ítems anteriores, si hacen excesivas aplicaciones de pesticidas y sufren innecesarias pérdidas poscosecha, es evidente que no pueden volverse económicamente viables.
Hacer un cambio progresivo hacia rubros de mayor densidad económica, depende mucho más de conocimientos técnico gerenciales que de sofisticados diseños de políticas agrícolas. Diagnósticos equivocados y terapéuticas demagógicas están paralizando el agro.
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